Martín entendió entonces por qué la app se llamaba "Él amor no cuesta nada": no era una promesa, ni una oferta, sino una afirmación de gastos invisibles — tiempo, memoria, generosidad. Clara le mostró una libreta donde anotaba cada reencuentro: nombres, fechas, confusión, alivio. En la libreta, junto a la entrada del pañuelo, había un párrafo en el que alguien había escrito: "Devolví lo que encontré y no pedí nada. El precio fue una mirada que no se compra." Martín sintió un peso dulce en el pecho, como si alguien hubiera apartado una piedra del camino.
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